El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula".

22 enero 2011

Jurado absurdo



El jurado sólo tiene la magia de las palabras que parecen tocadas por la fortuna. Hablamos del jurado y se aparecen, en blanco y negro, los fotogramas de James Stewart en ‘Anatomía de un asesinato’ mientras convence a un jurado multicolor, gente honesta y sencilla, que sólo tienen el afán de hacer justicia. Suena el jurado y pensamos en Michael Douglas, en alegatos brillantes, palabras emocionantes, juicios con giros inesperados. Pero ahí se acaba la magia; la realidad del jurado de España es otra.

Aquí, la Constitución de 1978 incluyó el jurado en el ordenamiento jurídico español como una conquista más de las libertades y, desde entonces, su único logro ha sido embarullar más el sistema judicial español. Esa es la aportación fundamental del jurado, sí, porque ni la existencia del jurado determina la calidad de una democracia ni, desde luego, es una institución propia del modelo judicial español; es un elemento extraño, ajeno al cuerpo judicial.

El debate que estamos viviendo estos días, por ejemplo, con el juicio de Marta del Castillo. Cualquier ciudadano que se detenga a analizar la disquisición de estos días en el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía pensará que, definitivamente, en España nos hemos vuelto locos. Un episodio tan claro en lo fundamental –los asesinos reconocieron el crimen de Marta del Castillo–, llega a los tribunales y lo primero que ocurre es que no se sabe muy bien si lo tiene que juzgar un jurado o un tribunal profesional. ¿De qué depende? Pues del delito cometido: si es un asesinato, el competente es un jurado; pero si los asesinos violaron a la joven antes de matarla, entonces la competencia es de un tribunal profesional. ¿Por qué? Pues porque la ley establece que un jurado no puede juzgar asuntos relacionados con delitos sexuales.

Lo que dice la Fiscalía es que debe ser un juicio con jurado, porque el delito más importante es el asesinato, y debe prevalecer. Por el contrario, las acusaciones sostienen que la mera existencia de la violación ya inhabilita al jurado. Ya veremos qué decide el TSJA, pero tengan por seguro que si, al final, a los asesinos de Marta del Castillo lo juzga un jurado, en un par de años el juicio puede quedar anulado y los asesinos en la calle, a la espera de otro juicio nuevo. No sería la primera vez que ocurriera.

Ahí está, como estandarte del absurdo del jurado, la reclamación que acaba de plantear Dolores Vázquez contra el Estado, después de los 17 meses que pasó en prisión condenada por un jurado popular por la muerte de Rocío Wanninkhof.

El jurado se incluyó en la Constitución con la aureola de ser un símbolo de los nuevos tiempos, un guiño de modernidad y un puente que acercaría a los ciudadanos a la Justicia. En quince años que lleva en vigor, tendríamos que haber comprendido ya que todo no es más que palabrería, una trampa o un barniz. Que para conseguir una justicia más cercana, más moderna y más eficaz, el jurado es lo de menos. Sólo tenemos que pensar que se aprobó la ley del jurado y se dejó intacta la ley procesal, el pilar esencial sobre el que descansa todo el sistema judicial español, y que termina con estas palabras: «Dado en Palacio a 3 de febrero de 1881. Alfonso XII». Como diría James Stwart en un remake de ‘Anatomía de un Jurado’, «en España, el jurado es incompetente, de oídas, irrelevante, impropio, incidental, in... Demasiadas palabras que empiezan con ‘i’. Puede preguntar, señor».

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